viernes, 11 de mayo de 2007

1972/Mañana, mañana




El dependiente de la tienda de electrodomésticos bromeó con mi peculiar forma de pronunciar “tomorrow”. Yo debía tener seis o siete años y después de mucho insistir, al fin había conseguido que me compraran el single con el que Los Ángeles habían conseguido cierta popularidad. Tiempo después, poco, los vimos bajarse de un taxi, frente a una cafetería muy vanguardista, la primera, creo recordar, que servía tostadas de pan de molde en lugar del clásico bollito. Los Ángeles representaban lo moderno en el limitado horizonte de la vida provinciana, como los muebles de realite, el cubalibre, o el 850 Cupé. Este tipo de anécdotas no aparecen, evidentemente, en el libro de Fernando Díaz de la Guardia “Los Ángeles, una leyenda del pop español”, pero tampoco alteran lo esencial de una crónica, apasionada, de la época en la que España, incluso en esos lugares alejados de Madrid y Barcelona, soñó con ser rabiosamente moderna. Díaz de la Guardia esboza una novela: Cuatro muchachos que, atraídos por los ritmos que llegan de fuera, sueñan con parecerse a los de Liverpool. En el camino hacia la fama se rapan el pelo por una apuesta, alcanzan el despacho del productor discográfico de moda, consiguen un repertorio de canciones pegadizas, salen en la tele y hacen una película. Sin novias orientales ni pasos de cebra que cruzar, cerca de los treinta, descubrirán que el país, la música y hasta ellos mismos han cambiado. El final, la muerte sobre el asfalto, tiene ese mismo tono épico. Un mes después de que la voz Manolo Garrido anunciara por la radio lo ocurrido, se organizó un concierto, entre el homenaje y la gala benéfica, en la plaza de toros. Para entonces, yo tenía casi catorce años, ocho más desde la mañana en que me hice con el disco. Españoles, Franco ha muerto, dijo alguien entre lágrimas en la tele. El productor estaba a punto de cerrar su época dorada. El arreglista se suicidó en primavera. La canciones ya no eran románticas sino apasionadas. Todo había sucedido muy deprisa.

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"Todo misterio resulta al fin una trampa. El rastro de Miguel Fernández, su espejismo, conducen a la nada. Inventarlo fue mi error. Conocerle, mi tragedia.”

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